La concentración o dharana es el pilar fundamental de la meditación. Se la debe ejercitar hasta lograrla y poder así meditar; no cae de un árbol, hay que trabajar para conseguirla. Es más fácil aprender mirando la llama de una vela; si al comienzo no puede, vuelva a intentarlo mirando la llama por más tiempo. No se debe forzar, al comienzo puede provocarle dolor de cabeza; persevere y comience a alcanzar su armonía interna. Cuando la imagen de la llama esté como adherida en su mente, cierre los ojos y podrá verla creciendo dentro de usted.

Puede ocurrirle que no necesite la llama y cerrando sus ojos pueda ver la luz en su interior; desde aquí es muy fácil pasar a la meditación, donde sus pensamientos fluyen en la luz hasta que se confunden en uno solo. Cuando los dos se funden, aparece un tercero, llamado éxtasis o samadhi.

Para la meditación, Sai Baba habla de tres etapas. En la primera dice: estoy caminando en la Luz; en la segunda: la Luz está en mí, y en la tercera: yo soy la Luz. Cuando las dos primeras desaparecen y se llega a la tercera, eso es meditación.

Otra forma consiste en mantener la atención de la mente concentrada con firmeza sobre una sola parte del cuerpo, excluyendo toda otra cosa, hasta que comience a sentir esa parte. Por ejemplo, trate de concentrar la mente sobre uno de sus pies, incluso sobre una uña de los dedos de ese pie, hasta que verdaderamente llegue a sentir cómo crece esa uña.

El concentrar la actividad en su mente, enfocando toda su fuerza de observación sobre una cosa especialmente, no es fácil para un principiante. Es aconsejable comenzar a practicar el dharana con su propio corazón. Si esto le parece demasiado difícil, procure, al principio representarse vívidamente en la imaginación una flor de loto con una brillante luz lanzando sus destellos desde ella, e imagínese que esta luz se irradia desde el centro exacto de su corazón. Igualmente podrá imaginarse que esa radiante flor de loto se encuentra en su cerebro, en la garganta o en cualquier otro centro. También puede practicar concentrándose sobre cualquier objeto que se le ocurra, sea abstracto o concreto, siempre que sea algo bello, que inspire o ennoblezca.